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Por La Boca Vive El Pez

Este espacio pretende abrir una ventana para la discusión, la tertulia y la reflexión acerca de temas de interés general, actualidad y cultura.

El reino mágico, por Eduardo Galeano

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Diego Forlán, mejor jugador del Mundial Sudáfrica 2010

Pacho Maturana, colombiano, hombre de vasta experiencia en estas lides, dice que el fútbol es un reino mágico, donde todo puede ocurrir.

El Mundial reciente ha confirmado sus palabras: fue un Mundial insólito.

* Insólitos fueron los diez estadios donde se jugó, hermosos, inmensos, que costaron un dineral. No se sabe cómo hará Sudáfrica para mantener en actividad esos gigantes de cemento, multimillonario derroche fácil de explicar pero difícil de justificar en uno de los países más injustos del mundo.

* Insólita fue la pelota de Adidas, enjabonada, medio loca, que huía de las manos y desobedecía a los pies. La tal Jabulani fue impuesta aunque a los jugadores no les gustaba ni un poquito. Desde su castillo de Zurich, los amos del fútbol imponen, no proponen. Tienen costumbre.

* Insólito fue que por fin la todopoderosa burocracia de la FIFA reconociera, al menos, al cabo de tantos años, que habría que estudiar la manera de ayudar a los árbitros en las jugadas decisivas. No es mucho, pero algo es algo. Ya era hora. Hasta estos sordos de voluntaria sordera tuvieron que escuchar los clamores desatados por los errores de algunos árbitros, que en el último partido llegaron a ser horrores. ¿Por qué tenemos que ver en las pantallas de televisión lo que los árbitros no vieron y quizá no pudieron ver? Clamores de sentido común: casi todos los deportes, el básquetbol, el tenis, el béisbol y hasta la esgrima y las carreras de autos, utilizan normalmente la tecnología moderna para salir de dudas. El fútbol, no. Los árbitros están autorizados a consultar una antigua invención llamada reloj, para medir la duración de los partidos y el tiempo a descontar, pero de ahí está prohibido pasar. Y la justificación oficial resultaría cómica, si no fuera simplemente sospechosa: El error forma parte del juego, dicen, y nos dejan boquiabiertos descubriendo que errare humanum est.

* Insólito fue que el primer Mundial africano en toda la historia del fútbol quedara sin países africanos, incluyendo al anfitrión, en las primeras etapas. Sólo Ghana sobrevivió, hasta que su selección fue derrotada por Uruguay en el partido más emocionante de todo el torneo.

* Insólito fue que la mayoría de las selecciones africanas mantuvieran viva su agilidad, pero perdieran desparpajo y fantasía. Mucho corrieron, pero poco bailaron. Hay quienes creen que los directores técnicos de las selecciones, casi todos europeos, contribuyeron a este enfriamiento. Si así fuera, flaco favor han hecho a un fútbol que tanta alegría prometía. Africa sacrificó sus virtudes en nombre de la eficacia, y la eficacia brilló por su ausencia.

* Insólito fue que algunos jugadores africanos pudieran lucirse, ellos sí, pero en las selecciones europeas. Cuando Ghana jugó contra Alemania, se enfrentaron dos hermanos negros, los hermanos Boateng: uno llevaba la camiseta de Ghana, y el otro la camiseta de Alemania.

De los jugadores de la selección de Ghana, ninguno jugaba en el campeonato local de Ghana.

De los jugadores de la selección de Alemania, todos jugaban en el campeonato local de Alemania.

Como América latina, Africa exporta mano de obra y pie de obra.

* Insólita fue la mejor atajada del torneo. No fue obra de un golero, sino de un goleador. El atacante uruguayo Luis Suárez detuvo con las dos manos, en la línea del gol, una pelota que hubiera dejado a su país fuera de la Copa. Y gracias a ese acto de patriótica locura, él fue expulsado pero Uruguay no.

* Insólito fue el viaje de Uruguay, desde los abajos hasta los arribas. Nuestro país, que había entrado al Mundial en el último lugar, a duras penas, tras una difícil clasificación, jugó dignamente, sin rendirse nunca, y llegó a ser uno de los mejores. Algunos cardiólogos nos advirtieron, desde la prensa, que el exceso de felicidad puede ser peligroso para la salud. Numerosos uruguayos, que parecíamos condenados a morir de aburrimiento, celebramos ese riesgo, y las calles del país fueron una fiesta. Al fin y al cabo, el derecho a festejar los méritos propios es siempre preferible al placer que algunos sienten por la desgracia ajena.

Terminamos ocupando el cuarto puesto, que no está tan mal para el único país que pudo evitar que este Mundial terminara siendo nada más que una Eurocopa. Y no fue casual que Diego Forlán fuera elegido mejor jugador del torneo.

* Insólito fue que el campeón y el vicecampeón del Mundial anterior volvieron a casa sin abrir las maletas.

En el año 2006, Italia y Francia se habían encontrado en el partido final. Ahora se encontraron en la puerta de salida del aeropuerto. En Italia, se multiplicaron las voces críticas de un fútbol jugado para impedir que el rival juegue. En Francia, el desastre provocó una crisis política y encendió las furias racistas, porque habían sido negros casi todos los jugadores que cantaron “La Marsellesa” en Sudáfrica.

Otros favoritos, como Inglaterra, tampoco duraron mucho. Brasil y Argentina sufrieron crueles baños de humildad. Medio siglo antes, la selección argentina había recibido una lluvia de monedas cuando regresó de un Mundial desastroso, pero esta vez fue bienvenida por una abrazadora multitud que cree en cosas más importantes que el éxito o el fracaso.

* Insólito fue que faltaran a la cita las superestrellas más anunciadas y más esperadas. Lionel Messi quiso estar, hizo lo que pudo, y algo se vio. Y dicen que Cristiano Ronaldo estuvo, pero nadie lo vio: quizás estaba demasiado ocupado en verse.

* Insólito fue que una nueva estrella, inesperada, surgiera de la profundidad de los mares y se elevara a lo más alto del firmamento futbolero. Es un pulpo que vive en un acuario de Alemania, desde donde formula sus profecías. Se llama Paul, pero bien podría llamarse Pulpodamus.

Antes de cada partido del Mundial, le daban a elegir entre los mejillones que llevaban las banderas de los dos rivales. El comía los mejillones del vencedor, y no se equivocaba.

El oráculo octópodo influyó decisivamente sobre las apuestas, fue escuchado en el mundo entero con religiosa reverencia, fue odiado y amado y hasta calumniado por algunos resentidos, como yo, que llegamos a sospechar, sin pruebas, que el pulpo era un corrupto.

* Insólito fue que al fin del torneo se hiciera justicia, lo que no es frecuente en el fútbol ni en la vida.

España conquistó, por primera vez, el campeonato mundial de fútbol.

Casi un siglo esperando.

El pulpo lo había anunciado, y España desmintió mis sospechas: ganó en buena ley, fue el mejor equipo del torneo, por obra y gracia de su fútbol solidario, uno para todos, todos para uno, y también por las asombrosas habilidades de ese pequeño mago llamado Andrés Iniesta.

El prueba que a veces, en el reino mágico del fútbol, la justicia existe.

* * *

Cuando el Mundial comenzó, en la puerta de mi casa colgué un cartel que decía Cerrado por fútbol.

Cuando lo descolgué, un mes después, yo ya había jugado sesenta y cuatro partidos, cerveza en mano, sin moverme de mi sillón preferido.

Esa proeza me dejó frito, los músculos dolidos, la garganta rota; pero ya estoy sintiendo nostalgia.

Ya empiezo a extrañar la insoportable letanía de las vuvuzelas, la emoción de los goles no aptos para cardíacos, la belleza de las mejores jugadas repetidas en cámara lenta. Y también la fiesta y el luto, porque a veces el fútbol es una alegría que duele, y la música que celebra alguna victoria de ésas que hacen bailar a los muertos, suena muy cerca del clamoroso silencio del estadio vacío, donde ha caído la noche y algún vencido sigue sentado, solo, incapaz de moverse, en medio de las inmensas gradas sin nadie.

Fuente: Página 12, Buenos Aires, Argentina

Breve pero claro, por Leila Guerriero

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“Uno sólo puede entender por qué la gente hace las cosas que hace si entiende su historia”

Leila Guerriero

periodista argentina

Ver más de ella AQUI

Vale la pena sacar el rato para leer su trabajo periodístico

Entrevista de Ima Sanchís a Hernán Rivera Letelier, premio Alfaguara de Novela.

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YO LLEGUE A LA LITERATURA POR HAMBRE
Hernán Rivera Letelier, treinta años de minero, premio Alfaguara de Novela

Libre .

Ni usa reloj, ni tiene tarjeta de crédito, ni coche, ni partido político ni religión. Dice que aprendió a ser libre en el desierto, donde trabajó en las salitreras durante treinta años. En su casa no había libros, pero a los 18 años empezó a escribir poesía y a ganar concursos. Luego, con la primera de sus once novelas, La reina Isabel cantaba rancheras,ganó un concurso nacional que le permitió vivir de la escritura. Ahora, con El arte de la resurrección,ha ganado el premio Alfaguara. En el 2001 fue nombrado Caballero de la Orden de la Artes y las Letras de Francia. No ha abandonado el desierto. “No creo en la felicidad permanente, pero si existe creo que consiste en ser dueño de tu propio tiempo”.

59 años y 357 días. Me crié y vivo en el desierto de Atacama. Estoy casado y tengo 3 hijas, un hijo y 4 nietas. Vivo con 7 mujeres que me mandan a comprar el pan. Soy zurdo, hijo de obrero y obrero yo mismo. Mi padre era predicador. Yo no creo en Dios, pero sé que él cree en mí

Eramos pobres como ratas, andábamos descalzos y a patadas con los piojos, pero la mía fue una infancia feliz. Tenía todo el desierto como patio para jugar.

¿Cuál era su juego preferido?

Cazar remolinos de arena. Por las tardes se armaban unos remolinos tremendos que se llevaban la ropa tendida y los techos de uralita. Los niños creíamos que si alcanzábamos uno, nos metíamos dentro y abríamos los ojos, le veríamos la cara al diablo.

¿Ha visto al diablo?

El diablo era yo. En aquel desierto era el niño extraño de la patota (pandilla), el que hablaba poco y se iba al cerro solo con 7 años a oír el silencio, a sentir esa soledad de planeta abandonado.

… El reino mineral.

Fue el desierto el que me enseñó a conocerme, a conversar conmigo mismo, a encontrar mi alma.

¿Era difícil ser el hijo del predicador de un campamento minero?

El viejo fue un minero toda la vida y murió de silicosis, de color azul. Tras partir piedra durante todo el día, cansado como perro, se ponía su corbata y se iba a predicar.

Y usted a su lado.

De la mano. Era analfabeto, aprendió a leer solo, y sólo la Biblia, otra cosa no sabía leerla. Pero tenía una verba inflamada.

¿Apocalíptico?

Sí, yo me crié esperando el fin del mundo y leyendo el único libro que había en casa, la Biblia. Cuando entré en la escuela a los 7 años leí dos poemas una y otra vez, de Machado y de Tagore, me fascinaron. Pero no leí nada más ni escribí hasta los 18 años.

La vida es sorprendente.

Cuéntemelo a mí. Hoy estoy convencido de que todos nacemos con un don que hay que descubrir, y que mucha gente muere sin conocerlo; es triste eso.

Cuénteme el camino recorrido.

Cuarenta y cinco años bajo un sol de 40 º y noches bajo cero. Cuando nos levantábamos por la mañana había que partir el agua con un hacha. Y allí estaban todas las injusticias: la historia de la pampa está llena de matanzas. A los 9 años quedé huérfano de madre, le picó una araña. Tenía 36 años.

¿Cómo lo vivió?

La madre es como la muralla que te salva de la muerte: cuando ella desaparece, quedas de cara frente a la muerte. Y eso es lo que sentí. ¿Lo entiende?

Perfectamente.

A los 11 años ya trabajaba. A los 18 vi en el cine del campamento un noticiero que explicaba que en el mundo se estaba produciendo una revolución juvenil, y se veían jóvenes abandonando las fábricas y los hogares con la guitarra al hombro.

… Y se fue.

Anduve cinco años y descubrí que llevaba un poeta dentro: dormía en una playa con otro hippy y una radio. De pronto paró la música y oímos la voz engolada de un locutor que explicaba que cada sábado se premiaban los tres mejores poemas que enviaban los oyentes durante la semana.

¿Cuál era el primer premio?

Una cena para dos. Llevábamos una semana sin comer caliente y tuve la convicción de que ganaba. Ahí mismo escribí un poema de amor de cuatro páginas, sin un tachón ni la más mínima noción de poesía.

Ganó.

Sí. Fue la misma convicción que tuve 25 años después en la mina, cuando escribí La reina Isabel cantaba rancheras y la mandé al mejor concurso de novelas de mi país. Yo llegué a la literatura por hambre, nunca más dejé de escribir y nunca más pasé hambre. Después de recorrer mi país, volví al desierto, a trabajar a la mina.

¿A su mujer la encontró en la mina?

Sí, tenía 16 años, yo 24. Ella no sabía nada de literatura, pero tenía una sensibilidad tremenda. Amueblé mi casa con premios de poesía, gané más de 25 concursos. Yo le leía los poemas y ella me decía: “Con este sentí algo”, y ese enviaba. Ella tiene algo que pocas mujeres conservan: cocina cantando.

¿Y todo esto sin leer a los clásicos?

A partir de los 25 años lo leía todo, quería escribir mejor y comparaba con los de los grandes, ellos maestros.

¿Cómo se siente?

Como un niño. Así como nunca me sentí pobre cuando era niño porque siempre intuí que tenía algo que valía mucho y que la pobreza es un enmarcamiento mental, ahora que estoy llegando a viejo siento que, mientras tenga proyectos, no seré viejo.

¿Qué quiere contar?

Mi madre daba de comer a los obreros y después de la cena algunos de esos viejos se quedaban conversando a la luz de una vela. Yo me levantaba y a hurtadillas me metía debajo de la mesa a escuchar sus historias: la del bebé con dentadura de oro que encontraron en una mina, la del descabezado…, volvía a la cama muerto de miedo. Cuento la historia de la gente de ese desierto.

Al final el secreto es la fascinación.

Eso…: ¡la fascinación! ¿Sabe cuál es la diferencia entre un intelectual y yo?

¿?

Ellos creen en lo que escriben por sus ideas y conceptos. Yo tengo fe en lo que escribo, en mi intuición, mi imaginación, mi experiencia de vida. Un intelectual no baila, yo para estirar las piernas paro de escribir y me pongo a bailar como un loco.

Fuente: La Contra, La Vanguardia, Barcelona, España

Hernán Rivera Letelier, libros de arena from nocaut on Vimeo.

Los Mosuo, la última sociedad matriarcal ( entrevista a una muchacha de allá)

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“Cuando amanece, el hombre se va a casa de su
madre”

Entrevista a Xiaodan He, directora de cine, por IMA SANCHÍS
- 23/06/2010

Sin prejuicios

En el documental The fall of
womenland
(la caída del país de las mujeres), emitido
en la 18a Mostra Internacional de Films de Dones, Xiaodan He nos
presenta a los mosuo, una etnia china que vive junto al lago Lugu, cerca
de Tíbet, una de las pocas sociedades matriarcales que quedan en el
mundo. Con la ausencia de padre y marido, y sin contrato matrimonial,
las relaciones de los mosuo se basan en el amor libre y la satisfacción
sexual; una de las pocas sociedades sin violencia del planeta, que ha
empezado a emerger y a ser estigmatizada a causa del turismo. Xiaodan He
es hija de antropólogos y descendiente de una rama mosuo, lo que en su
adolescencia la avergonzaba, pero hoy se siente orgullosa.

Tengo 35 años. Nací en Sichuan (China) y vivo en
Montreal. Me licencié en Cine en Pekín. Me casé con un canadiense, pero
nos divorciamos. Mi idea política más importante es la democracia,
porque a China todavía no ha llegado. Me interesan las filosofías
budista y taoísta.

Pertenezco a la minoría
naxi, rama de los mosuo, una de las últimas comunidades matriarcales.

¿Todavía
hoy?

Sí. Entre los mosuo, la mujer tiene el rol más
importante tanto en la vida social como en la laboral. Los hijos llevan
el apellido materno y todos los miembros de la familia viven dentro de
la comunidad de la familia de la madre.

¿Existe el
matrimonio?

Sí, pero lo más común es el matrimonio
andante,en el que no existe un contrato formal y la pareja únicamente
comparte la noche. Cuando amanece, él se va a casa de su madre.

O
sea, que ella no tiene que lavarle los calzoncillos ni prepararle la
cena.

No comparten las tareas de la vida cotidiana. De
hecho, el término boda no existe para ellos. Están juntos libremente y
se separan cuando les apetece, y tanto el hombre como la mujer pueden
tener amantes y visitarlos cuando gusten. Sin reglas ni contratos.

¿Los
hijos se educan con la madre?

Sí, en el entorno de la
gran familia de la madre, con las abuelas, tías y tíos. En cierto modo,
son los hijos de todos. Ni siquiera tienen un término para padre,porque
el que desempeña ese papel es el tío. Un antiguo proverbio dice que en
el cielo el ser más importante es el águila, y en la tierra, el tío.

¿Crecen
felices y contentos?

Sin angustias, preocupaciones o
sensación de inseguridad; el entorno familiar es tan grande que se
sienten muy protegidos. Además, es una sociedad que adora a los niños.

¿Y
los hombres no se sienten ninguneados?

Se dedican a
las tareas del campo para contribuir al mantenimiento de la gran familia
materna. Tienen una vida placentera.

¿Y cuando muere la
matriarca?

Toma el poder la hija mayor. Es una
tradición con mil años de historia. Los mosuo adoran a la mujer,
antiguamente ellas eran su dios. La mayoría son budistas tibetanos,
adoran la naturaleza y la no violencia.

¿Cuándo fueron
estigmatizados?

En China hay 56 minorías y la
mayoritaria pertenece a los han: ellos empezaron a señalarlos;
consideran que su comportamiento no es civilizado, que son sexualmente
promiscuos.

Debe de ser envidia.

A
partir de las reformas económicas, hace 20 años, empezaron a acudir
turistas, fue entonces cuando los propios chinos se preguntaron quiénes
eran esos que vivían en un entorno natural tan hermoso y bien
preservado; es un destino muy cotizado del turismo.

¿Una
sociedad armónica y feliz?

A pesar del turismo, que
está influyendo en su manera de vivir, es gente muy alegre, pacífica y
próspera, lo que despierta la envidia de los vecinos. Los hombres han
tienen mucha curiosidad por sus costumbres sexuales y van en busca de
aventuras porque creen que las mujeres mosuo son fáciles. No entienden
nada.

Ya. ¿De dónde viene esa manera tan libre de
afrontar la pareja?

Se basa en el respeto de las
relaciones tanto emocionales como sexuales; nunca han impuesto reglas o
una manera de relacionarse como hacen otras culturas, y eso se debe a su
respeto por la mujer, no la ven como mero instrumento de placer o
reproducción, no la ven inferior al hombre como ocurre en el resto de
China.

… Y del mundo.

En la sociedad
mosuo, la igualdad y el respeto entre hombres y mujeres es total. Pueden
en un momento dado dejar al hombre y decirle “ya no quiero estar
contigo, quiero estar con otro”, y su entorno ni las presiona ni las
critica.

¿Celebran más el nacimiento de una hija que de
un hijo?

Así como en resto de China se celebra el
nacimiento del niño porque puede continuar con el linaje del padre,
entre los mosuo las niñas son muy bien venidas por la misma razón, pero
no hacen diferencias. Y las mujeres nunca quieren marcharse de su hogar,
no les gusta ir a estudiar fuera.

Yo tampoco querría
irme.

Yo me crié en la sociedad han, en la que los
chicos son más importantes que las chicas, hasta el punto de que las
mujeres abortan cuando saben que será niña. Entre los mosuo nunca vi ese
tipo de prejuicios.

¿Los niños crecen más sanos
psicológicamente que en la sociedad patriarcal con sus divorcios y
discusiones?

Una de las ventajas es que los niños no
tienen que pasar por la mala experiencia de que sus padres se separen,
quizá la desventaja es que apenas conocen a su padre. Pero uno de los
primeros aspectos que más chocan de esta sociedad organizada por mujeres
es la ausencia de violencia. Me impresionó mucho que no hubiera ni
violaciones, ni robos ni asesinatos.

¿A qué cree que es
debido?

La madre se ocupa de la familia de una manera
más armónica, no desatiende a nadie y en sus prioridades no está la
ambición del poder ni de tener, sino la armonía.

¿No
existe entre los mosuo la violencia sexista?

No, y la
violencia hacia los niños es impensable, sería una vergüenza. Lo que más
me asombró es que no discuten. Los hombres son muy educados y delicados
con las mujeres, nunca notas la presión y los prejuicios que se
respiran en otras sociedades.

Fuente: La Vanguardia, Barcelona, España

José Saramago: Discurso al recibir el Premio Nóbel de Literatura ( 1998)


fotos por Julia, tomadas durante la última visita de José Saramago a Costa Rica

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea.
Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro.

En el invierno, cuando el frío de la noche apretaba hasta el punto de que el agua de los cántaros se helaba dentro de la casa, recogían de las pocilgas a los lechones más débiles y se los llevaban a su cama. Debajo de las mantas ásperas, el calor de los humanos libraba a los animalillos de una muerte cierta. Aunque fuera gente de buen carácter, no era por primores de alma compasiva por lo que los dos viejos procedían así: lo que les preocupaba, sin sentimentalismos ni retóricas, era proteger su pan de cada día, con la naturalidad de quien, para
mantener la vida, no aprendió a pensar mucho más de lo que es indispensable.

Ayudé muchas veces a éste mi abuelo Jerónimo en sus andanzas de pastor, cavé muchas veces la tierra del huerto anejo a la casa y corté leña para la lumbre, muchas
veces, dando vueltas y vueltas a la gran rueda de hierro que accionaba la bomba, hice subir agua del pozo comunitario y la transporté al hombro, muchas veces, a escondidas de los guardas de las cosechas, fui con mi abuela, también de madrugada, pertrechados de rastrillo, paño y cuerda, a recoger en los rastrojos la paja suelta que después habría de servir para lecho del ganado. Y algunas veces, en noches calientes de verano, después de la cena, mi abuelo me decía: “José, hoy vamos a dormir los dos debajo de la higuera”.

Había otras dos higueras, pero aquélla, ciertamente por ser la mayor, por ser la más antigua, por ser la de siempre, era, para todas las personas de la casa, la higuera. Más o menos por antonomasia, palabra erudita que sólo muchos años después acabaría conociendo y sabiendo lo que significaba.

En medio de la paz nocturna, entre las ramas altas del árbol, una estrella se me aparecía, y después, lentamente, se escondía detrás de una hoja, y, mirando en otra dirección, tal como un río corriendo en silencio por el cielo cóncavo, surgía la claridad traslúcida de la Vía Láctea, el camino de Santiago, como todavía le llamábamos en la aldea.

Mientras el sueño llegaba, la noche se poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas, apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me mantenía despierto, al mismo que suavemente me acunaba.

Nunca supe si él se callaba cuando descubría que me había dormido, o si seguía hablando para no dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las pausas más demoradas que él, calculadamente, le introducía en el relato: “¿Y después?”.

Tal vez repitiese las historias para sí mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo.

Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los pájaros me despertaba, él yano estaba allí, se había ido al campo con sus animales, dejándome dormir.
Entonces me levantaba, doblaba la manta, y, descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años), todavía con pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra, donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa.

Mi abuela, ya en pie desde antes que mi abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del abuelo, ella siempre me tranquilizaba:”No hagas caso, en sueños no hay firmeza”.

Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ése que, tumbado debajo de la higuera, con el nieto
José al lado, era capaz de poner el universo en movimiento apenas con dos palabras.



Muchos años después, cuando mi abuelo ya se había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la abuela, también ella, creía en los sueños.

Otra cosa no podría significar que, estando sentada una noche, ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía sola, mirando las estrellas mayores y menores
de encima de su cabeza, hubiese dicho estas palabras: “El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir”.

No dijo miedo de morir, dijo pena de morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que habíasido la suya, en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de
una suprema y última despedida, el consuelo de la belleza revelada.

Estaba sentada a la puerta de una casa, como no creo que haya habido alguna otra en el mundo, porque en ella vivió gente capaz de dormir con cerdos como si fuesen sus propios hijos, gente que tenía pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bonito, gente, y ése fue mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias,que, al presentir que la muerte venía a buscarlo, se despidió de los árboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.

Muchos años después, escribiendo por primera vez sobre éste mi abuelo Jerónimo y ésta mi abuela Josefa (me ha faltado decir que ella había sido, según cuantos la conocieron de joven, de una belleza inusual), tuve conciencia de que estaba transformando las personas comunes que habían sido en personajes literarios y que ésa era, probablemente, la manera de no olvidarlos, dibujando y volviendo a dibujar sus rostros con el lápiz siempre cambiante del recuerdo, coloreando e iluminando la monotonía de un cotidiano opaco y sin horizontes, como quien va recreando sobre el inestable mapa de la memoria, la irrealidad sobrenatural del país en que decidió pasar a vivir.

La misma actitud de espíritu que, después de haber evocado la fascinante y enigmática figura de un cierto bisabuelo berebere, me llevaría a describir más o menos en estos términos un viejo retrato (hoy ya con casi ochenta años) donde mis padres aparecen.



“Están los dos de pie, bellos y jóvenes, de frente ante el fotógrafo, mostrando en el rostro una expresión de solemne gravedad que es tal vez temor delante de la cámara, en el instante en que el objetivo va a fijar de uno y del otro la imagen que nunca más volverán a tener, porque el día siguiente será implacablemente otro día.  Mi madre apoya el codo derecho en una alta columna y sostiene en la mano izquierda, caída a lo largo del cuerpo, una flor. Mi padre pasa el brazo por la espalda de mi madre y su mano callosa aparece sobre el hombro de ella como un ala. Ambos pisan tímidos una alfombra floreada. La tela que sirve de fondo postizo al retrato muestra unas difusas e incongruentes arquitecturas neoclásicas”. Y terminaba: “Tendría que llegar el día en que contaría estas cosas. Nada de esto tiene importancia a no ser para mí. Un abuelo berebere, llegando del norte de Africa, otro abuelo pastor de cerdos, una abuela maravillosamente bella, unos padres graves y hermosos, una flor en un retrato ¿qué otra genealogía puede importarme? ¿en qué mejor árbol me apoyaría?”.

Escribí estas palabras hace casi treinta años sin otra intención que no fuese reconstituir y registrar instantes de la vida de las personas que me engendraron y que estuvieron más cerca de mí, pensando que no necesitaría explicar nada más para que se supiese de dónde vengo y de qué materiales se hizo la persona que comencé siendo y ésta en que poco a poco me he convertido.

Ahora descubro que estaba equivocado, la biología no determina todo y en cuanto a la genética, muy misteriosos habrán sido sus caminos para haber dado una vuelta tan larga.

A mi árbol genealógico (perdóneseme la presunción de designarlo así, siendo tan menguada la sustancia de su savia) no le faltaban sólo algunas de aquellas ramas que el tiempo y los sucesivos encuentros de la vida van desgajando del tronco central.

También le faltaba quien ayudase a sus raíces a penetrar hasta las capas subterráneas más profundas, quien apurase la consistencia y el sabor de sus frutos, quien ampliase y robusteciese su copa para hacer de ella abrigo de aves migratorias y amparo de nidos.



Al pintar a mis padres y a mis abuelos con tintas de literatura, transformándolos de las simples personas de carne y hueso que habían sido, en personajes nuevamente y de otro modo  constructores de mi vida, estaba, sin darme cuenta, trazando el camino por donde los personajes que habría de inventar, los otros, los efectivamente literarios, fabricarían y traerían los materiales y las herramientas que, finalmente, en lo bueno y en lo menos bueno, en lo bastante y en lo insuficiente, en lo ganado y en lo perdido, en aquello que es defecto pero también en aquello que es exceso, acabarían haciendo de mí la persona en que hoy me reconozco: creador de esos personajes y al mismo tiempo criatura de ellos.

En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé.

Considero que sin ellos no sería la persona que hoy soy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.

Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y de teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de papel y de tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo con mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que los movía.


De esos maestros el primero fue, sin duda, un mediocre pintor de retratos que designé simplemente por la letra H., protagonista de una historia a la que creo razonable llamar de doble iniciación (la de él, pero también, de algún modo, la del autor del libro, protagonista de una historia titulada “Manual de pintura y caligrafía”, que me enseñó la honradez elemental de reconocer y acatar, sin resentimientos ni frustraciones, sus propios límites: sin poder ni ambicionar aventurarme más allá de mi pequeño terreno de cultivo, me quedaba la
posibilidad de cavar hacia el fondo, hacia abajo, hacia las raíces. Las mías, pero también las del mundo, si podía permitirme una ambición tan desmedida. No me compete a mí, claro está, evaluar el mérito del resultado de los esfuerzos realizados, pero creo que es hoy patente que todo mi trabajo, de ahí para adelante, obedeció a ese propósito y a ese principio.

Vinieron después los hombres y las mujeres del Alentejo, aquella misma hermandad de condenados de la tierra a que pertenecieron mi abuelo Jerónimo y mi abuela Josefa, campesinos rudos obligados a alquilar la fuerza de los brazos a cambio de un salario y de condiciones de trabajo que sólo merecerían el nombre de infames. Cobrando por menos que nada una vida a la que los seres cultos y civilizados que nos preciamos de ser llamamos, según las ocasiones, preciosa, sagrada y sublime.



Gente popular que conocí, engañada por una Iglesia tan cómplice como beneficiaria del poder del Estado y de los terratenientes latifundistas, gente permanentemente vigilada por la policía, gente, cuántas y cuántas veces, víctima inocente de las arbitrariedades de una justicia falsa.



Tres generaciones de una familia de campesinos, los Mau-Tempo, desde el comienzo de siglo hasta la Revolución de Abril de 1974 que derrumbó la dictadura, pasan por
esa novela a la que di el título de “Alzado del suelo”
y fue con tales hombres y mujeres del suelo levantados, personas reales primero, figuras de ficción después, con las que aprendí a ser paciente, a confiar y a entregarme al tiempo, a ese tiempo que simultáneamente nos va construyendo y destruyendo para de nuevo construirnos y otra vez destruirnos. No tengo la
seguridad de haber  asimilado de manera satisfactoria aquello que la dureza de las experiencias tornó virtud en esas mujeres y en esos hombres: una actitud naturalmente estoica ante la vida.

Teniendo en cuenta, sin embargo, que la lección recibida, pasados más de veinte años, permanece intacta en mi memoria, que todos los días la siento presente en mi espíritu como una insistente convocatoria, no he perdido, hasta ahora, la esperanza de llegar a ser un poco más merecedor de la grandeza de los ejemplos de dignidad que me fueron propuestos en la inmensidad de las planicies del Alentejo. El tiempo lo dirá.

¿Qué otras lecciones podría yo recibir de un portugués que vivió en el siglo XVI, que compuso las “Rimas” y las glorias, los naufragios y los desencantos patrios de “Os Lusíadas”, que fue un genio poético absoluto, el mayor de nuestra literatura, por mucho que eso pese a Fernando Pessoa, que a sí mismo se proclamó como el Super-Camoes de ella?

Ninguna lección a mi alcance, ninguna lección que yo fuese capaz de aprender salvo la más simple que me podría ser ofrecida por el hombre Luis Vaz de Camoes en su más
profunda humanidad, por ejemplo, la humildad orgullosa de un autor que va llamando a todas las puertas en busca de quien esté dispuesto a publicar el libro que escribió, sufriendo por eso el desprecio de los ignorantes de sangre y de casta, la indiferencia desdeñosa de un rey y de su compañía de poderosos, el escarnio con que desde siempre el mundo ha recibido la visita de los poetas, de los visionarios y de los locos.

Al menos una vez en la vida, todos los autores tuvieron o tendrán que ser Luis de Camoes, aunque no escriban las redondillas de “Sobolos rios”.

Entre hidalgos de la corte y censores del Santo Oficio, entre los amores de antaño y las desilusiones de la vejez prematura, entre el dolor de escribir y la alegría
de haber escrito, fue a este hombre enfermo que regresa pobre de la India, adonde muchos sólo iban para enriquecerse, fue a este soldado ciego de un ojo y golpeado en el alma, fue a este seductor sin fortuna que no volverá nunca más a perturbar los sentidos de las damas de palacio, a quien yo puse a vivir en el teatro en el escenario de la pieza de teatro llamada “Que farei con este livro?” (”¿Qué haré con este libro?”), en cuyo final resuena otra pregunta, aquélla que importa  verdaderamente, aquélla que nunca sabremos si alguna vez llegará a tener respuesta suficiente: “¿Qué haréis con este libro?”. Humildad orgullosa fue ésa de llevar debajo del brazo una obra maestra y verse injustamente rechazado por el mundo. Humildad orgullosa también, y obstinada, esta de querer saber para qué servirán mañana los libros que vamos escribiendo hoy, y luego dudar que consigan perdurar
largamente (¿hasta cuándo?) las razones tranquilizadoras que quizá nos estén siendo dadas o que estamos dándonos a nosotros mismos.

Nadie se engaña mejor que cuando consiente que lo engañen otros.



Se aproxima ahora un hombre que dejó la mano izquierda en la guerra y una mujer que vino al mundo con el misterioso poder de ver lo que hay detrás de la piel de las personas. El se llama Baltasar Mateus y tiene el apodo de Siete-Soles, a ella la conocen por Bilmunda, y también por el apodo de Siete-Lunas que le fue añadido después porque está escrito que donde haya un sol habrá una luna y que sólo la presencia conjunta de uno y otro tornará habitable, por el amor, la tierra.

Se aproxima también un padre jesuita llamado Bartolomeu que inventó una máquina capaz de subir al cielo y volar sin otro combustible que no sea la voluntad humana, ésa que según se viene diciendo, todo lo puede, aunque no pudo, o no supo, o no quiso, hasta hoy, ser el sol y la luna de la simple bondad o del todavía más simple respeto.



Son tres locos portugueses del siglo XVIII en un tiempo y en un país donde florecieron las supersticiones y las hogueras de la Inquisición, donde la vanidad y la megalomanía de un rey hicieron levantar un convento, un palacio y una basílica que asombrarían al mundo exterior, en el caso poco probable de que ese mundo tuviera ojos bastantes para ver a Portugal, tal como sabemos que los tenía Bilmunda para ver lo que escondido estaba.



Y también se aproxima una multitud de millares y millares de hombres con las manos sucias y callosas, con el cuerpo exhausto de haber levantado, durante años sin fin, piedra a piedra, los muros implacables del convento, las alas enormes del palacio, las columnas y las pilastras, los aéreos campanarios, la cúpula de la basílica suspendida sobre el vacío.

Los sonidos que estamos oyendo son del clavicornio del Doménico Scarlatti, que no sabe si debe reír o llorar.

Esta es la historia del “Memorial del convento”, un libro en que el aprendiz de autor, gracias a lo que le venía siendo enseñado desde el antiguo tiempo de sus abuelos Jerónimo y Josefa, consiguió escribir palabras como éstas, donde no está ausente alguna poesía: “Además de la conversación de las mujeres son los sueños los que sostienen al mundo en su órbita. Pero son también los sueños los que le hacen una corona de lunas, por eso el cielo es el resplandor que hay dentro de la cabeza de los hombres si no es la cabeza de los hombres el propio y único cielo”. Que así sea.

De las lecciones de poesía, sabía ya alguna cosa el adolescente, aprendidas en sus libros de texto cuando, en una escuela de enseñanza profesional de Lisboa, andaba preparándose para el oficio que ejerció en el comienzo de su vida de trabajo: el de mecánico cerrajero.

Tuvo también buenos maestros del arte poético en las largas horas nocturnas que pasó en bibliotecas públicas, leyendo al azar de encuentros y de catálogos, sin orientación, sin alguien que le aconsejase, con el mismo asombro creador del navegante que va inventando cada lugar que descubre.

Pero fue en la biblioteca de la escuela industrial donde “El año de la muerte de Ricardo Reis” comenzó a ser escrito. Allí encontró un día el joven aprendiz de cerrajero (tendría entonces 17 años) una revista -”Atena” era el título - en que había poemas firmados con aquel nombre y, naturalmente, siendo tan mal conocedor de la cartografía literaria de su país,
pensó que existía en Portugal un poeta que se llamaba así: Ricardo Reis.

No tardó mucho tiempo en saber que el poeta propiamente dicho había sido un tal Fernando Nogueira Pessoa que firmaba poemas con nombres de poetas inexistentes nacidos en su cabeza y a quien llamaba heterónimos, palabra que no constaba en los diccionarios de la época, por eso costó tanto trabajo al aprendiz de las letras saber lo que ella significaba.

Aprendió de memoria muchos poemas de Ricardo Reis:

“Para
ser grande sê inteiro

Põe
quanto és no mínimo que fazes”

Pero no podía resignarse, a pesar de tan joven e ignorante, a que un espíritu superior hubiese podido concebir, sin remordimiento, este verso cruel: “Sábio é o que se contenta com o espectáculo do mundo”.



Mucho, mucho tiempo después, el aprendiz de escritor ya con el pelo blanco y un poco más sabio de sus propias sabidurías se atrevió a escribir una novela para mostrar
al poeta de las “Odas” algo de lo que era el espectáculo del mundo en ese año de 1936 en que lo puso a vivir sus últimos días: la ocupación de la Renania por el Ejército nazi, la guerra de Franco contra la República española, la creación por Salazar de las milicias fascistas portuguesas.

Fue como si estuviese diciéndole: “He ahí el espectáculo del mundo, mi poeta de las amarguras serenas y del escepticismo elegante. Disfruta, goza, contempla, ya que estar sentado es tu sabiduría”.

“El año de la muerte de Ricardo Reis” terminaba con unas palabras melancólicas: “Aquí donde el mar acabó y la tierra espera”. Por tanto no habría más descubrimientos para Portugal, sólo como destino una espera infinita de futuros ni siquiera imaginables: el fado de costumbre, la saudade de siempre y poco más.

Entonces el aprendiz imaginó que tal vez hubiese una manera de volver a lanzar los barcos al agua, por ejemplo mover la propia tierra y ponerla a navegar mar adentro.


Fruto inmediato del resentimiento colectivo portugués por los desdenes históricos de Europa (sería más exacto decir fruto de mi resentimiento personal), la novela que entonces escribí - “La balsa de piedra” - separó del continente europeo a toda la Península Ibérica, transformándola en una gran isla fluctuante, moviéndose sin remos ni velas, ni hélices, en dirección al Sur del mundo, “masa de piedra y tierra cubierta de ciudades, aldeas, ríos, bosques, fábricas, bosques bravíos, campos cultivados, con su gente y sus
animales”, camino de una utopía nueva: el encuentro cultural de los pueblos peninsulares con los pueblos del otro lado del Atlántico, desafiando así,a tanto se atrevió mi estrategia, el dominio sofocante que los Estados Unidos de la América del Norte vienen ejerciendo en aquellos parajes.

Una visión dos veces utópica entendería esta ficción política como una metáfora mucho más generosa y humana: que Europa, toda ella, deberá trasladarse hacia el Sur a fin de, en descuento de sus abusos coloniales antiguos y modernos, ayudar a equilibrar el mundo.

Es decir Europa finalmente como ética.

Los personajes de “La balsa de piedra” - dos mujeres, tres hombres y un perro - viajan incansablemente a través de la Península mientras ella va surcando el océano. El mundo está cambiando y ellos saben que deben buscar en sí mismos las personas nuevas en que se convertirán (sin olvidar al perro que no es un perro como los otros). Eso les basta.

Se acordó entonces el aprendiz que en tiempos de su vida había hecho algunas revisiones de pruebas de libros y que si en “La balsa de piedra” hizo, por decirlo así, revisión del futuro, no estaría mal que revisara ahora el pasado inventando una novela que se llamaría “História do Cerco de Lisboa”, en la que un revisor trabajando un libro del mismo título, aunque
de historia, y cansado de ver cómo la citada historia cada vez es menos capaz de sorprender, decidió poner en lugar de un “sí” un “no”, subvirtiendo la autoridad de las “verdades históricas”.

Raimundo Silva, así se llamaba el revisor, es un hombre simple, vulgar, que sólo se distingue de la mayoría por creer que todas las cosas tienen su lado visible y su lado invisible y que no sabremos nada de ellas, mientras no les hayamos dado la vuelta completa.

De eso precisamente trata una conversación que tiene con el historiador.

Así: “Le recuerdo que los revisores ya vieron mucho de literatura y vida, Mi libro, se lo recuerdo, es de historia. No es propósito mío apuntar otras contradicciones, profesor, en mi opinión todo cuanto no sea vida es literatura. La historia también. La historia sobre todo, sin querer ofender. Y la pintura, y la música. La música va resistiéndose desde que nació, unas veces va y otras viene, quiere librarse de la palabra, supongo que por envidia, pero regresa siempre a la obediencia. Y la pintura, mire, la pintura no es más queliteratura hecha con pinceles. Espero que no se haya olvidado de que la humanidad comenzó pintando mucho antes de saber escribir. Conoce el refrán, sino tienes perro caza con el gato, o dicho de otra manera, quien no puede escribir, pinta, o dibuja, es lo que hacen los niños. Lo que ustedquiere decir, con otras palabras, es que la literatura ya existía antes de haber nacido, sí señor, como el hombre, con otras palabras, antes de serlo ya lo era. Me parece que usted equivocó la vocación, debería ser historiador. Me falta preparación profesor, qué puede un simple hombre hacer sin preparación,mucha suerte he tenido viniendo al mundo con la genética organizada, pero, por decirlo así, en estado bruto, y después sin más pulimento que las primeras
letras que se quedaron como únicas. Podía presentarse como autodidacta producto de su digno esfuerzo, no es ninguna vergüenza, antiguamente la sociedad estaba orgullosa de sus autodidactas. Eso se acabó, vino el desarrollo y se acabó, los autodidactas son vistos con malos ojos, sólo los que escriben versos o historias para distraer están autorizados a ser autodidactas, pero yo para la creación literaria no tengo habilidad. Entonces métase a filósofo. Usted es unhumorista, cultiva la ironía, me pregunto cómo se dedicó a la historia, siendo
ella tan grave y profunda ciencia. Soy irónico sólo en la vida real. Ya me parecía a mí que la historia no es la vida real, literatura sí, y nada más. Pero la historia fue vida real en el tiempo en que todavía no se le podía llamar historia. Entonces usted cree,
profesor, que la historia
es la vida real. Lo creo, sí. Que la historia fue vida real, quiero decir. No tengo la menor duda. Qué sería de nosotros si el deleatur que todo lo borra no existiese, suspiró el revisor”.

Permitido será añadir que el aprendiz aprendió con Raimundo Silva la lección de la duda.

Ya era hora.

Fue probablemente este aprendizaje de la duda el que le llevó, dos años más tarde, a escribir

“El Evangelio según Jesucristo”.

Es cierto, y él lo ha dicho, que las palabras del título le surgieron por efecto de una ilusión óptica, pero es legítimo que nos interroguemos si no habría sidoel sereno ejemplo del revisor el que, en ese tiempo, le anduvo preparando el terreno de donde habría de brotar la nueva novela.

Esta vez no se trataba de mirar por detrás de las páginas del “Nuevo Testamento” a la búsqueda de contradicciones, sino de iluminar con una luz rasante la superficie de esas páginas, como se hace con una pintura para resaltarle los relieves, las señales de paso, la oscuridad de las depresiones.

Fue así como el aprendiz, ahora rodeado de personajes evangélicos, leyó, como si fuese la primera vez, la descripción de la matanza de los Inocentes y, habiendo leído, no comprendió.

No comprendió que pudiese haber mártires de una religión que aún tendría que esperar treinta años para que su fundador pronunciase la primera palabra de ella, no comprendió que no hubiese salvado la vida de los niños de Belén precisamente la única persona que lo podría haber hecho, no comprendió la ausencia, en José, de un sentimiento mínimo de responsabilidad, de remordimiento, de culpa o siquiera de curiosidad, después de volver de Egipto con su familia.

Ni se podrá argumentar en defensa de la causa que fue necesario que los niños de Belén murieran para que pudiese salvarse la vida de Jesús: El simple sentido común, que a todas las cosas, tanto a las humanas como a las divinas, debería presidir, está ahí para recordarnos que Dios no enviaría a su hijo a la Tierra con el encargo de redimir los pecados de la humanidad, para que muriera a los dos años de edad degollado por un soldado de Herodes.

En ese Evangelio escrito por el aprendiz con el respeto que merecen los grandes dramas, José será consciente de su culpa, aceptará el remordimiento en castigo de la falta que
cometió y se dejará conducir a la muerte casi sin resistencia, como si eso le faltase todavía para liquidar sus cuenta con el mundo.

“El Evangelio” del aprendiz no es, por tanto, una leyenda edificante más de bienaventurados y de dioses, sino la historia de unos cuantos seres humanos sujetos a un podercontra el cual luchan, pero al que no pueden vencer. Jesús, que heredará las sandalias con las que su padre había pisado el polvo de loscaminos de la tierra, también heredará de él el sentimiento trágico de la responsabilidad y de ella la culpa que nunca lo abandonará,

Incluso cuando levante la voz desde lo alto de la cruz: “Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo”, refiriéndose al Dios que lo llevó hasta allí, aunque quien sabe si recordando todavía, en es última agonía, a su padre auténtico, aquel que en la carne y en la sangre, humanamente, lo engendró.

Como se ve, el aprendiz ya había hecho un largo viaje cuando en el herético evangelio escribió las últimas palabras del diálogo en el templo entre Jesús y el escriba: “La culpa es un lobo que se come al hijo después de haber devorado al padre, dijo el escriba, Ese lobo de que hablas ya se ha comido a mipadre, dijo Jesús, Entonces sólo falta que devore a ti, Y tú, en tu vida, fuiste comido, o devorado, No sólo comido y devorado, también vomitado, respondió el escriba”.



Si el emperador Carlomagno no hubiese establecido en el norte de Alemania un monasterio, si ese monasterio no hubiese dado origen a la ciudad de Münster, si Münster no hubiese querido celebrar los 1.200 años de su fundación con una ópera sobre la pavorosa guerra que enfrentó en el siglo XVI a protestantes anabaptistas y católicos, el aprendiz no habría escrito la pieza de teatro que tituló “In Nomine Dei”.

Una vez más, sin otro auxilio que la pequeña luz de su razón, el aprendiz tuvo que penetrar en el oscuro laberinto de las creencias religiosas, ésas que con tanta facilidad llevan a los seres humanos a matar y a dejarse matar.

Y lo que vio fue nuevamente la máscara horrenda de la intolerancia, una intolerancia que en Münster alcanzó el paroxismo demencial, una intolerancia que insultaba la propia causa que ambas partes proclamaban defender.

Porque no se trataba de una guerra en nombre de dos dioses enemigos sino de una guerra en nombre de un mismo dios.

Ciegos por sus propias creencias, los anabaptistas y los católicos de Münster no fueron capaces de comprender la más clara de todas las evidencias: en el día del Juicio Final, cuando unos y otros se presenten a recibir el premio o el castigo que merecieron sus acciones en la tierra, Dios, si en sus decisiones se rige por algo parecido a la lógica humana, tendrá que recibir en el paraíso tanto a unos como a otros, por la simple razón de que unos y otros en El creían.


La terrible carnicería de Münster enseñó al aprendiz que al contrario de lo que prometieron las religiones nunca sirvieron para aproximar a los hombres y que la más absurda de todas las guerras es una guerra religiosa, teniendo en consideración que Dios no puede, aunque lo quisiese, declararse la guerra a sí mismo. Ciegos. El aprendiz pensó “Estamos ciegos”, y se
sentó a escribir el “Ensayo sobre la ceguera” para recordar a quien lo leyera que usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que la mentira universal ocupó el lugar de las verdades plurales, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante.



Después el aprendiz, como si intentara exorcizar a los monstruos engendrados por la ceguera de la razón, se puso a escribir la más simple de todas las historias: Una persona que busca a otra persona sólo porque ha comprendido que la vida no tiene nada más importante que pedir a un ser humano.

El libro se llama “Todos los nombres”. No escritos, todos nuestros nombres están allí. Los nombres de los vivos y los nombres de los muertos.

Termino. La voz que leyó estas páginas quiso ser el eco de las voces conjuntas de mis personajes. No tengo, pensándolo bien, más voz que la voz que ellos tuvieron.
Perdonadme si os pareció poco esto que para mí es todo.

Más de José Saramago AQUI

Teresa Forcades: una monja distinta

Colaboración de Mauricio Roversi

Evo” el ignorante”, por Sergio Erick Ardón Ramírez

sonriente-evoHace ya algunos días un buen amigo me decía en son de pleito: “¿viste las declaraciones de Evo sobre las hormonas de crecimiento que aplican a los pollos y la homosexualidad?”, y agregaba con tono lapidario, “ese indio es un ignorante”. Quien esto me decía es un distinguido abogado graduado con notas sobresalientes en la Facultad de Derecho de la Universidad de Costa Rica, doctor en Derecho Civil de la Complutense de Madrid y con cursos de posgrado en Harvard. Ha sido diputado, ministro y embajador en algún país europeo. Cuando fuimos compañeros en el Instituto de Alajuela siempre estuvo entre los primeros promedios. Pues bien, mi amigo que se ríe de la ignorancia de Evo Morales, cree en el infierno, en Adán y Eva, en el Arca de Noé y en el diablo. También cree con toda convicción, en el patriotismo de los banqueros, en la generosidad de los latifundistas, en el altruismo de los gobiernos de EE.UU., en la legitimidad de Lobo, el hondureño, en la humildad y sinceridad de Óscar Arias, en la infalibilidad del Papa y en las promesas de Laura (que están por verse).

Evo, que apenas cursó primaria, con las dificultades propias de un boliviano de su origen, cree en otras cosas. Se ha empeñado en devolver a Bolivia el control de sus muchas riquezas naturales, el petróleo, el gas, el estaño, sus aguas y sus maderas de manera que esa base económica sirva para comenzar a superar la marginación eterna a que los pueblos originarios de Bolivia han sido sometidos desde la conquista. Evo cree en la reivindicación de la Madre Tierra, tan maltratada por los avarientos depredadores que solo piensan en ganancias y dividendos y en esa dirección promueve y encabeza luchas globales. Cree en la unidad de todos los pueblos de América Latina, como una forma necesaria para lograr el respeto en el ámbito mundial y el desarrollo en solidaridad, sin tutelajes imperiales o neocoloniales. Tiene la sabiduría de apoyarse en la cultura ancestral de su pueblo y rescatar tantas cosas útiles para la convivencia en paz de las distintas etnias.

Sí, Evo recoge creencias populares sobre las hormonas de los pollos y las manifiesta, equivocándose. Pero en lo que sí no se equivoca es en la escogencia de sus íntimos amigos, de sus compañeros de luchas y causas comunes. Escogencia en la que demuestra inteligencia y consecuencia, sin perderse en prejuicios. Así comparte propósitos e iniciativas con “Lula”, hábil y carismático, que ha sabido poner a Brasil a la cabeza de Latino América en el escenario mundial batallando por las posiciones más justas; con el fogoso Chávez que impulsa cambios profundos en Venezuela y ha puesto las riquezas inmensas de ese país al servicio de la causa de la unidad continental; con el impetuoso Correa que rompió las ataduras que convertían a Ecuador en botín de las oligarquías tradicionales y brega por la soberanía plena de su país; con Cristina y con Néstor, que en Argentina, en sus circunstancias, procuran reencauzar ese país poniéndolo a mirar hacia su vecindario inmediato y no hacia Europa como venía siendo; con el recién llegado Mujica que reafirma el carácter nacional y popular del estado uruguayo y trae frescura al escenario suramericano; con Fidel y con Raúl que junto al admirable pueblo cubano han resistido por más de cincuenta años todos los esfuerzos de la potencia imperial y la reacción internacional por destruir la Revolución que construye una sociedad más solidaria y más justa basada en los principios martianos y marxistas. De manera que Evo, que poco sabe de hormonas, sí sabe de lucha y es una garantía de consecuencia con una perspectiva política clara.

Mi amigo, envuelto en su mundo de abundancia material, difícilmente pueda o quiera entender que el futuro de esta América Latina de la que formamos parte, estará marcado por la irrupción, sin pedir permiso, de gentes como Evo, que no pierden el norte y que con todo derecho recaman su papel protagónico en la construcción de ese futuro.

Cansado de Perder, por Carlos Aguilar D.

excluidos

Pasada una de estas elecciones, nos reunimos a comentar en familia sobre todo lo acontecido. En esta ocasión nuestro hijo nos preguntó que si “¿no sospechábamos desde muy antes los resultados?” y que si “¿no estábamos cansados de perder?”; le dí esa respuesta rápida y prefabricada de: “que tenemos que seguir luchando y que no debemos de regalar ningún espacio, aquello de los imprescindibles”.

Sin embargo, seguí “rumiando” el asunto por un largo rato, sobre todas aquellas frustraciones, recuerdos de los esfuerzos de muchos soñadores como nosotros, de las motivaciones intrínsecas, de los recursos y energías disipados, de las carreras contra los plazos que impone el sistema, de las rifas y pasadas de sombrero para financiarnos, de los sesudos documentos, de las doctas lecturas del horizonte político, etc., etc. Después de tantas reflexiones tengo que decirle a mi hijo : que sí, que el desenlace era predecible y hasta estúpidamente obvio y que con una mirada más extensa, que nuestra atmósfera de país es aburridamente predecible, los mismos “eos”, los mismos “si se puede”, los mismos “maes”, los mismos políticos intercambiando puestos y recetándose jugosos salarios y pensiones, los mismos insoportables descaros, hipocresías, frases trilladas y promesas, los mismos delitos de cuello blanco , los mismos resultados de los juicios sonados y así se podría seguir, y como dijo León Felipe: “…y los mismos, los mismos poetas”, aunque esto sea tan cansadamente prosaico.

Enfermamos de tedio en un ambiente amarrado a un sistema poco creativo, desestimulante y predecible en donde pretendemos jugar como iguales, cuando las reglas, la bola y hasta el árbitro son impuestos por los eternos “ganadores”, se nos vende la idea de permanente competencia donde a toda costa hay que ganar, como en el caso de los colegios donde los muchachos que por no tener un celular de última generación o unas tenis de marca son estigmatizados como “loser”. Por supuesto que en una sociedad tal, los ganadores son poquísimos y demasiados los perdedores, se vive en permanente tensión, el “rayar en falso”, el afán por ganar la ficha, por ganar un lugarcillo en la fila, el triunfo efímero en los estadios o en los concursos soñados es el gran logro; todo mundo quiere ser ganador y esto es imposible, lo que genera una situación que arrastra a nuestra sociedad a un estado de creciente frustración y violencia.

Grandes capas de la población son amansadas con la propaganda, con el circo, con el consumismo y las adicciones. En realidad el egoísmo se ha institucionalizado, lo que significa el control y la depredación de una determinada clase y cultura, sobre todas las demás y sobre el planeta mismo, culminando en la globalización, que es una imposición homogenizante, que antepone las ambiciones del plusvalor a cualquier consideración ética y que ve con codicia y como salvaje e incivilizado, a todo aquello capaz de autorregularse, como por ejemplo a la diversidad, la cual siempre se va a transmutar en sostenibilidad.

El ego pretende siempre ganar por lo tanto busca tener todo bajo control. Es una condición inflexible que funciona separando y aislando elementos manipulables, clasificándolos dualistamente, por ejemplo “ganadores y perdedores”. En esta incesante búsqueda del control, se gasta demasiada energía, este derroche de recursos se dirige a su auto perpetuación. Es claro que esta condición paradigmática no posee sostenibilidad y que nos está llevando a un abismo de proporciones apocalípticas.

Se hace necesario entonces, dar un salto cualitativo hacia un orden más alto y con menos derroche de energía, hacia un estado de mayor plasticidad. Esta transición debe de ser dialéctica, asumiendo y rescatando todo lo que es aprovechable de lo anterior, este paso de madurez significa también desarrollar límites y mecanismos que inhiban los deseos ambiciosos y egoístas. Es posible que la mitad de los habitantes de nuestra madre patria o “padre matria”, ya visualicen este punto de bifurcación, una característica importante de destacar en este paso, es que no se manifiesta hasta ahora ninguna figura fuerte o líder y esto quizás no sea tan desventajoso y posibilite un movimiento más horizontal. Al alcanzar esta masa crítica, ya tendríamos que haber aprendido e incorporado condiciones de relacionalidad que propicien un nuevo orden, sin profundos traumas y sin “napoleones”.

El concepto de diversidad implica aceptar el valor intrínseco del otro, de otras culturas, de otras especies. La sostenibilidad y la diversidad están ecológicamente unidas, por que la diversidad permite la autorregulación y por lo tanto la viabilidad del concepto ganador-ganador en un clima de solidaridad. Expresarles pues a nuestros hijos que hay a toda costa que conservar nuestra capacidad crítica, que hay que cultivar la capacidad reflexiva, que hay que fortalecer y ampliar nuestras formas de resistencia y que hay que “resemántisar” conceptos como democracia, libertad, coexistencia, felicidad, etc.

Breve pero claro, por Oscar Núñez Olivas

n657064777_5250¿A alguien se le ocurriría someter a referendo el derecho de los negros a venir a San José o a trabajar en una empresa? ¿Aceptaríamos que se someta a referendo el derecho de las personas con discapacidades físicas a gozar a facilidades para su locomoción? ¿Sería válido discutir en una consulta popular si los protestantes tienen derecho a construir iglesias y a reunirse para celebrar sus cultos? Los derechos de las minorías no pueden ser objeto de discusión por parte de las mayorías. Ese es un principio esencial de la democracia. Llevar a referendo el derecho de los homosexuales a vivir en pareja y a gozar de derechos básicos relativos a esa conviviencia (como la extensión del seguro social a su pareja, por ejemplo) es un verdadero contrasentido. Es volver a la Edad Media. Si el TSE acepta esta aberración, habría que pensar seriamente en la manera de acusar a esos magistrados ante una corte internacional de derecho humanitario.


Fuente: grupo facebook: En Costa Rica 1 de 150 mil HETEROS apoyan las uniones civiles LGBT

Víctor M. Amela entrevista a José Antonio González Casanova


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José Antonio González Casanova, jurista
“Es Rajoy quien está rompiendo España”
VÍCTOR-M. AMELA  - 13/05/2010

El Dios presente
“Digo lo que Dios me ha inspirado”, se excusa al despedirnos, humildemente. ¡Gran personalidad! De este padre de la patria (flamante Creu de Sant Jordi) aprendo que tener fe en Dios no consiste en creer en un dogma, sino en amar a personas concretas. Que lo contrario de endiosarse (creerse Dios) es entusiasmarse (sentir dentro a Dios). Que el PP es ateo, que el capitalismo es el anticristo, que la Iglesia romana peca, que la astrología es ciencia divina… ¿Se puede decir más en menos tiempo? Pues dice más cosas bellas y profundas en El Dios presente (Kairós), un anticipo de memorias que subtitula Confesiones de un viejo cristiano,lo cual “es todo lo contrario de un cristiano viejo”, aclara.

***
Vivo en el año 75 de mi vida. Soy barcelonés. Soy catedrático jubilado de Derecho Constitucional. Estoy casado y tengo tres hijos y dos nietas (16 y 10 años). Soy anticapitalista furibundo. Soy compañero de Jesús de Nazaret. Me entusiasma la astrología. Soy un sagitario

Un recuerdo de niñez.

Me veo tirando billetes al  retrete. ¡He sido anticapitalista desde siempre!

¿Quién era su héroe?

Robin Hood, El Coyote, Tom Sawyer, Guillermo Brown y Jesús.

¿Qué tienen en común?

Se ponen del lado del débil y buscan justicia. Sólo uno opta por la no violencia: Jesús.

¿Y usted?

Oscilé entre la tentación de la violencia y la apuesta por la paz, siempre en servicio del desfavorecido: fui adolescente nacionalcatólico, llevaba meriendas a hijos de obreros.

¿Por qué nacionalcatólico?

Mi creencia era franquista, pues mi familia era de falangistas y militares, como la de mi amigo Alfonso Carlos Comín era de carlistas. ¡Aún me asombra el salto que dimos!

¿Qué salto?

De ser nacionalcatólicos ¡pasamos a ser socialistas marxistas! Los marxistas creían que debían ser ateos, ¡y nosotros fuimos marxistas creyentes en el Dios de Jesús!

¿Con qué argumentos dieron el salto?

La autocracia de Franco dominó a los obreros e impidió el pensamiento progresista, con la bendición vaticana: ¡pura blasfemia!

¿Dejó de ser católico?

Yo no: dejó de serlo la Iglesia oficial. Católico significa abierto a todo lo humano, y cristiano es ponerse del lado del explotado.

¿Y qué hizo usted?

Me hice abogado laboralista, ayudé a trabajadores, y fundé el FOC: no queríamos ni que un partido fuese una Iglesia (PCEPSUC) ni que la Iglesia fuese un partido.

Qué difícil…

Y más en España: los obispos se identificaron con el fascismo, y este PP incita hoy al conflicto civil… so pretexto religioso, intocados privilegios que son inconstitucionales.

Y me lo dice alguien que colaboró a redactar la Constitución…

Comín y yo luchamos para que en el artículo 16 no figurase la Iglesia católica…, pero Carrillo no quiso toparse con ese poder.

¿Qué diferencia al Dios del Vaticano del de usted?

El Vaticano no cree en el Dios de Jesús. Es una multinacional de pensamiento único, herética: eso no es cristianismo. El cardenal Martini y viejos cristianos como yo rezamos por la conversión de la Iglesia romana.

¿Qué sería el cristianismo, pues?

No una religión, sino un movimiento contra los males del mundo y a favor de la felicidad de todo ser humano. Si combates injusticias, abusos, corrupción…, ¡eres cristiano!

¿Actúa Garzón como cristiano?

¡Sin duda! La corrupción del PP es el más sutil y mortífero terrorismo, como lo es ocultar los crímenes del franquismo.

¿Por eso quieren cargarse a ese juez?

La derecha siempre busca dominar el Estado para poder hacer negocios sin traba: ¡por eso intenta hacerse con el poder judicial! Su ideal sería una república autoritaria.

¿Qué papel desempeña en este panorama el Tribunal Constitucional?

El PP no duda en instrumentalizarlo y degradarlo con tal de echar a Zapatero. Sus ponentes son más ideólogos que juristas, y les disgusta esta Constitución de 1978: es Rajoy quien rompe el eje central del Estado de derecho, quien está rompiendo España…

¿Qué pasará con la sentencia sobre el Estatut?

Que se pudrirá hasta que se renueve el TC.

¿Por qué no está en la política activa?

La política, para un cristiano, es la forma más alta de caridad: es luchar a favor de la gente… Lo hago desde los 15 años, pero no acepto cargos porque no soporto la tensión.

¿Qué tensión?

Ser político de izquierdas coherente ¡cuesta la salud!: nuestra derecha usa la política para su interés egoísta y antisocial, es mendaz e hipócrita…, máxime cuando se disfraza de católica. Menéndez y Pelayo lo dijo: “La derecha española es atea en su práctica”.

¿Sin más Dios que el dinero?

Sí, y primar el beneficio sobre la dignidad de las personas es antihumano, anticristiano, pecado. ¡Jesús los echaría del templo!

Pero Dios permite que mueran niños en maremotos, terremotos y hambrunas.

¡No! Eso sucede porque el capitalismo no invierte en países pobres y aprovecha las catástrofes para negociar la reconstrucción.

Pero Dios consiente todo ese mal…

El mal es sólo ausencia de bien. Y depende de nosotros llenar esa ausencia, como terminales de Dios que somos todos. Lo dijo Francisco de Asís: “Donde no hay amor, pon amor… ¡y habrá amor!”.

¿Soy una terminal de Dios, pues?

Claro: tú despliegas la creación y la reproduces en tus hijos y en tus obras. Naciste: eres salvo. Morirás: eres eterno.

Y entre tanto, ¿a qué me dedico aquí?

La libertad consiste en aceptar tu destino”, dijo Séneca: la providencia nos orienta el camino…, y su mejor guía es la astrología, que nos indica para qué estamos en el mundo.

Yo ya le digo: para entrevistar.

Yo, para defender lo que creo justo, colaborar en la Constitución democrática, fomentar la conciencia de una sociedad más humana… E incluso puedo a-divinar mi futuro…

¿A-divinar? ¿Mirando a los astros?

Sí. Adivinar es eso: ¡conocer la voluntad divina! Y la ciencia astrológica, basada en millones de observaciones empíricas durante miles de años, es de gran ayuda para eso.

Pues adivine algo, lo que quiera.

Seré fiel a mi Dios hasta el fin de mis días.

Fuente: La Vanguardia, Barcelona, España

Sobre Julia Ardón

Escribiendo y publicando desde Costa Rica
Correo: info@juliaardon.com