Ante la sede del Congreso Nacional de Honduras, en el centro de Tegucigalpa, centenares de personas reclaman desde hace días que los diputados se reúnan para restituir al presidente derrocado, Manuel Zelaya. Enarbolan banderas y pancartas con leyendas; corean consignas, lemas, ideas. Son militantes del Frente de la Resistencia contra el golpe de estado. Utilizo siempre ese nombre que se han dado, Frente de la Resistencia, porque me parece que tiene una importante carga simbólica.
Desde el primer momento de esta crisis he sostenido que lo que ha ocurrido en Honduras es un golpe de Estado, de manual, porque los militares fueron quienes sacaron a Zelaya de la cama, a punta de metralleta, y se lo llevaron fuera del país. Todo lo que vino después ya estaba contaminado. Y he defendido que el principio básico de la democracia es respetar la voluntad popular. Guste o no guste, Zelaya fue elegido por los hondureños y sacarlo de la presidencia de ese mudo fue un acto ilegal y antidemocrático.
La prueba evidente de que fue un golpe de Estado es que los militares siguen siendo quienes, entre bambalinas, continúan controlando, detentando el poder. A las puertas del Congreso Nacional, junto a los policías antidisturbios o antimotines (una de tantas ironías: deberían reprimir a quienes se amotinaron, los militares, pero reprimen a quienes denuncian ese motín) están los soldados, los militares, que siempre tienen la última palabra y la última bala llegado el caso.
Allí, delante del Congreso Nacional, en la plaza de La Merced, en el suelo, hay una placa con una leyenda que también resulta irónica cuando se lee en un escenario como el que describo. La reproduzco a continuación, palabra por palabra: “Nosotros, los niños y niñas de Honduras, enterramos aquí nuestros juguetes violentos como símbolo de que renunciamos para siempre al culto a la muerte y abrazamos la cultura de vida y paz como esperanza de vida para nosotros y las generaciones que han de venir”.
Sí, resulta una ironía leer ese mensaje rodeado de armas, con un ejército que una vez más, otra ironía demasiado habitual, se ha convertido en carcelero del pueblo al que dice defender.
Última ironía. La fecha de la placa indica que se puso el 10 de septiembre del año 2001. Es decir, en la víspera del 11 de septiembre de 2001, un día en el que la locura se apoderó del mundo y el mundo se convirtió en un lugar mucho más inseguro y violento aún, un día al partir del cual se han venido justificando casi todos los odios y casi todas las muertes. Pobres niños, los hondureños y los de tantos otros sitios.
Fuente: el blog de Fran Sevilla



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