1979: costarricenses integrando las filas de la insurrección sandinista
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Memorias de un costarricense que se ha sentido convocado a engrosar las filas de los soñadores,
que a lo largo y ancho de la América Latina ;
han pretendido promover el cambio, para bien,
de las tristes realidades de la inmensa mayoría de sus gentes.
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MEMORIAS
PARTE IV
Una calurosa noche de marzo del 79 en una discreta casa del barrio del Carmen de Alajuela nos reunimos con Daniel Ortega. El quería contarnos como iban las cosas en el “Frente Sur”, como los sandinistas llamaban a la zona fronteriza de Peñas Blancas, donde se combatía desde semanas atrás. En esa ocasión Ortega nos confió que a pesar de la actitud permisiva del gobierno de Carazo y en especial del Ministro de Seguridad ellos temían que las fuertes presiones que se daban sobre las autoridades costarricenses por parte del gobierno norteamericano pudieran llevar a un cambio de actitud y entonces el Frente Sur se convirtiera en una especie de ratonera. Insistía Daniel en el hecho de que la mayoría de los oficiales de la guardia civil habían sido formados en las escuelas militares que los norteamericanos tenían en la Zona del Canal en Panamá y en Fort Bragg en Carolina del Norte. Escuelas que buscaban unificar ideológicamente a toda la oficialidad de las fuerzas militares y de seguridad del continente, para luchar contra la “amenaza comunista”. Y comunistas eran todos aquellos que a lo ancho y largo del continente se levantaban contra la exclusión social a que estaban sometidas las mayorías, contra las dictaduras militares que aplastaban todo asomo de democracia y contra la dominación por parte de intereses extranjeros a que se encontraban sometidos nuestras repúblicas. Esta situación , nos decía el comandante sandinista, los llenaba de inseguridad y les hacía temer una operación de exterminio donde el ejército de Somoza fuera el martillo y la guardia costarricense el yunque. Esa imagen nos transmitió esa noche al proponernos, como forma de contrarrestar las presiones, que más costarricenses se involucraran directamente en la lucha, al tiempo que se acentuaran las acciones de todo tipo en apoyo a los que tanto en el Frente Sur como otros frentes combatían en Nicaragua.
Coincidentemente se da la circunstancia de una fuerte represión contra los trabajadores de la caña, que en el ingenio CATSA se habían ido a la huelga reclamando mejoras salariales y de condiciones de trabajo. Esta huelga la apoyábamos nosotros los del M.R.P. y había provocado una gran efervescencia social en la zona del Tempisque, que se pretendió sofocar con gases y antimotines. El ministro Johnny Echeverría a cargo de la represión llegó al extremo de ordenar en su oficina al coronel Sidar Ulate “matar” a Oto Castro, asesor legal de los huelguistas si se atrevía a aparecer por la zona y de retarnos a un extraño duelo “tipo oeste” en el puente del Tempisque, cuando le reclamamos respecto a los acuerdos que, avalados por un grupo de diputados, habían alcanzado el gobierno y los trabajadores en huelga. Ahí también nos dijo que era el criterio de algunos que a los del “M” era mejor acabarlos de una vez antes de que tomaran fuerza. Hago esta disgreción para explicar el por qué compartíamos las preocupaciones de los sandinistas. Dichosamente para todos, los exabruptos y amenazas de Jhonny no eran serios y solo buscaban amedrentarnos.
En todo caso entre las diversas actividades de apoyo que impulsamos o en las que participamos, se resolvió constituir un grupo de combate para sumarse a la lucha en el Frente Sur. En los playones del rio Grande y en el cañón del Virilla una treintena de costarricenses recibió un adiestramiento elemental para marchar al norte, a la frontera. Un hecho singular en medio de los preparativos fue la colaboración que nos brindó a título personal el coronel Marino Donato, instruyendo a un grupo sobre el uso del mortero de 60m.m. y deseando a la “Brigada Juan Santamaría” que así llamamos al pequeño contingente, la mejor de las suertes. Esto debe enmarcarse en el ambiente nacional de creciente repudio a la tiranía somocista y por tanto de respaldo a los sandinistas. Recordamos las multitudinarias manifestaciones callejeras, las proclamas de grupos de todo origen y color político, los encendidos discursos de Don Pepe.
Así con este respaldo moral, partieron a la frontera los combatientes de la pequeña brigada; que luego fue reforzada por un nuevo grupo de 15 compañeros. Otras organizaciones políticas movilizaron gentes con similares propósitos.
Los informes que recibíamos y los relatos de los que heridos o enfermos regresaban, nos hablaban de un cuadro confuso y hasta dantesco. La misma noche de llegada a Peñas Blancas una granada de mortero impactó en una instalación de la aduana, convertida en cuartel sandinista, el bautizo de fuego consistió en sacar cadáveres de los que ahí descansaban. La idealización con que algunos enfrentaron el reto sufrió serio revés. Se trataba de una guerra popular en la que cualquiera participaba: gentes de ideales, cuadros políticos, aventureros de toda laya, y uno que otro bandido. La instrucción era precipitada e incompleta, el armamento escaso, los mandos improvisados. El desorden campeaba a sus anchas. Podía pedirse algo más, difícilmente, el carácter amplísimo de la convocatoria a las armas sobre todo por parte de la tendencia “Tercerista” o “Insurreccional” del Frente Sandinista no podía tener otro resultado. El Frente Sur manejado por esa tendencia encabezada por los hermanos Ortega y Victor Tirado, jugó un papel importante en la derrota de Somoza. Aunque los avances territoriales fueron casi nulos, lo cierto es que algunas de las mejor armadas y entrenadas tropas de la tiranía se vieron fijadas en la frontera y ahí se desgastaron dándole respiro a los frentes internos que proliferaron por toda Nicaragua.
De nuestro pequeño contingente, que el 19 de julio del 79 entró confundido con las gruesas columnas rojinegras a Managua, no cayó un solo combatiente. Todos regresaron con su carga de experiencias. Alguno flechado por el amor se quedó en Nicaragua.
Para nosotros doble alegría: el triunfo sandinista, victoria de todo un pueblo sobre un régimen opresivo y sanguinario era también nuestra victoria, y el regreso sin cacareos ni aspavientos de los que participaron directamente en la desigual contienda.
Se inicia así para el pueblo nicaragüense un nuevo amanecer, se abría para ese valiente y sufrido pueblo, sobre grandes sacrificios y centenares de mártires, la oportunidad de superar las desdichas del pasado y avanzar hacia “la tierra de leche y miel” que proclamaba, sacando lágrimas de emoción, el himno sandinista.
Pero ya lo aprendimos, la historia de los pueblos está llena de encuentros y desencuentros, y entraron a jugar en la escena política de Nicaragua factores externos e internos que han terminado desviando y frustrando sueños tan bellos.
Parte I: CON NICARAGUA
Parte II : UN HECHO INCREIBLE, UD. DIRA
Parte III: BIENVENIDOS A BENGAHZI, REVOLUCIONARIOS LATINOAMERICANOS
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