COSTA RICA
Este post está basado en el testimonio de sobrevivientes del terremoto que se encontraban laborando en el hotel Waterfall Gardens.
Abordaron los carros y busetas para irse de aquel lugar que antes del almuerzo era montañoso y ahora lucía “como si le hubieran pasado el arado”. El viaje de retirada llegó a los 200 metros porque las dos rutas (hacia Vara Blanca y San Miguel) cayeron con la montaña. En cuestión de segundos el hotel se volvió a llenar de turistas que no pudieron ponerse a salvo.
A los 10 minutos apareció un bombero. Los empleados se sorprendieron por la rapidísima respuesta de los cuerpos de socorro. Cuando notaron que no llegaban los demás ni se escuchaban sirenas se percataron que el señor estaba con ellos desde antes del terremoto. Era un bombero voluntario que sacó de su carro el casco y el chaleco para ponerse al servicio de los demás. Este señor, junto a un guía con experiencia del terremoto de Limón, son parte de los héroes anónimos de la tragedia. Dieron palabras de calma en medio de las fuertísimas réplicas que se sentía cada 5 minutos. Contuvieron emocionalmente al grupo en medio de una incertidumbre de vida o muerte.
En el transcurso de minutos u horas (dificil precisar cuándo ocurrieron los hechos) salieron los turistas y guías de lo que quedó de los senderos. Entre llanto, raspones, cortaduras y confusión narraron que debajo del terraplén estaba un “gringuito gordo” que se había quedado de último en la retirada.
Con poca señal de celular empezaron a tener retazos de información; que se había dado un terremoto, que había desaparecido San Miguel de Sarapiquí, que una cabeza de agua destruyó un pueblo, etc. En medio de las réplicas vieron pasar un helicóptero de televisión, hicieron señales para que las autoridades enviaran ayuda.
Un turista seriamente herido, al ver que la tarde se apagaba, contrató un helicóptero para que lo rescatara. Llegó su pronto auxilio con la oferta “Vara Blanca-San José” por $1400. Hubo suficientes clientes para tres o cuatro viajes más.
Al caer la noche el bombero recomendó hacer una comida liviana. Los empleados abrieron las bodegas para que los bocadillos quedaran a disposición de los refugiados. Ese fue uno de los momentos más desordenados ya que hubo turistas que tomaron botellas de vino y hasta souvenirs de la tienda. También no faltó quien acaparara comida previendo estar en medio de la nada y a las puertas de una hambruna tercermundista. La incertidumbre era mucha y el asombro por la ayuda que no llegaba era mayor.
Con plásticos improvisaron tiendas de acampar. Del taller sacaron maderas e hicieron fogatas para tratar de calentarse. El frío fue horroroso, solo superado por los temblores constantes y el miedo de que la explanada también se “licuara” de tanta traqueteada.
Unos turistas “se rarificaron”. No quedó claro -ni fue de interés averiguar- si era una reacción de estrés aguda, mezcla de licores, síntomas de hipotermia o si hicieron un viaje sin helicóptero gracias a la ayuda de alguna sustancia. Aunque lucían extraños no molestaron ni se metieron con nadie.
A las 10 de la noche llegó don Lee, el dueño, luego de atravesar a pie las montañas desde Vara Blanca. Había dado un vueltón desde la Fortuna para ver cuál era la situación de sus empleados, clientes y hotel. Carlos Ricardo, el ministro de turismo, le había prometido rescate aéreo.
A medianoche la situación se complicó más porque empezó a llover. Muchos reforzaron sus abrigos con bolsas plásticas. Los debates sobre el rescate estaban candentes, que el ministro prometió, que las autoridades vieron por tele que estamos atrapados, que salir a pie es suicida, que nos van a dejar tirados. Para propios y ajenos era inaceptable que solo pagando se pudiera salir de ahí.
Había corrido la noticia de que la prioridad eran los damnificados de Cinchona y los turistas, luego los empleados. Estos últimos hicieron números de que seguir esperando el rescate podría significar salir el sábado, estar con menos raciones y entre montañas movedizas. Además alguien dijo que escuchó el aullido del coyote (la gente de la fábrica el Ángel reporta lo mismo).
Apenas calentó el día, a las 7 de la mañana y sin haber dormido un minuto, los empleados decidieron autorescatarse caminando por las frágiles montañas acompañados por un grupo pequeño de turistas que ya no creyeron más en el rescate aéreo. Tenían mucho miedo porque no paraba de temblar y en cualquier momento todo se podía desarmar otra vez. De camino se toparon con un grupo de rescate que iba hacia el hotel.
Era una caminata silenciosa. Pasaron por la que fue la casa de una pareja de compañeros. Estaba destruida. Los que eran de Cinchona sabían que eran damnificados. Uno de ellos se enteraría horas más tarde que su esposa e hijos estaban muertos.
En Vara Blanca se toparon con la mano solidaria del pueblo. Señores que ofrecían agua, galletas, un abrazo y transporte sin cobrar. Gracias a esas personas pudieron llegar a sus casas o al albergue para damnificados.
Por cierto, los turistas que se quedaron esperando el helicóptero de rescate siempre tuvieron que salir a pie.
12 de enero de 2009
Río Sarapiquí: del terremoto al lodo laboral
Llegar al muelle del río Sarapiquí en Puerto Viejo fue diferente porque esta vez no me ofrecieron un tour. Donde antes funcionaba el sistema de botes a los poblados de la frontera así como los paseos turísticos es ahora un lugar desolado.
El río luce sumamente sucio y tiene un olor desagradable. Los capitanes de las lanchas se quejan por la situación. Aunque el terremoto movió gravemente la tierra de San Miguel de Sarapiquí hacia Heredia, el lodosal posterior y la ausencia de carreteras está ahogando las fuentes de trabajo vinculadas al río.
“Aquí remataba el tour. Llevaban a los turistas al Poás, luego los pasaban por la catarata de la Paz y finalmente nos los traían para que los paseáramos” dijo el botero comprensiblemente desanimado.
Para los boteros la situación se resume así:
- Sin camino los turistas no pueden venir.
- Sin vida en el río no hay atractivo que disfrutar.
- Con el lodasal del río no se puede navegar porque daña los motores.
- Con menos profundidad ahora el cauce se hace más pequeño y habrá todavía más problemas de inundaciones en el invierno.
En síntesis choferes de microbús, lancheros, kayakeros, balseros, guías, cocineros, guardas, vendedores de souvenirs, saloneros y los habitantes de la ribera son los primeros afectados por la situación del río.
Tomado del blog: CIENCIA FICCION CON JULIO CORDOBA
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