El futuro es cosa incierta, al menos para mortales como usted y yo, que caminamos a ras del suelo y pagamos la entrada al estadio con el sudor de nuestra frente.

Sin embargo, para alguna gente el futuro no representa ningún misterio. No hablo de cartomantes o médiums . Me refiero a gente sentada cómodamente a la cabecera de una larga mesa, en el piso más alto del edificio más alto, donde no llega el ruido de la calle y la negra bocanada del escape del bus no pasa de ser una onda que se diluye entre paraguas diminutos, cien metros abajo. Ellos no predicen el futuro: se lo mandan a hacer a la medida.

Normalmente no pienso en estas personas. Me da vértigo. Pero pasa que cada vez me topo más a menudo con el fruto de sus decisiones en mi vida diaria. Justamente esta semana, al ponerle gasolina al carro, con el pelo parado por el monto, pensé en el selecto grupo de magnates que se han vuelto diez veces más ricos desde que estalló la “crisis” de los precios del petróleo.

Abrumado por mi factura petrolera, pero decidido a zafarme de la bruma con pensamientos positivos, entré a Internet a buscar cómo pasarme a un vehículo eléctrico. Fue inútil. Carros eléctricos, como tales, no hay a la venta todavía, solo carros “híbridos” que combinan electricidad y gasolina, y los pocos que hay son carísimos.

Algo me olió mal: ¿por qué casi no hay carros eléctricos? Es más, ¿por qué los híbridos no tienen aún la capacidad para conectarse a la corriente de la casa para ser recargados, si es algo que no presenta mayor dificultad tecnológica?

Hurgando en Internet encuentro que en el año 2004 la compañía Toyota, fabricante del híbrido Prius, perdió un juicio por el uso de la patente de sus baterías eléctricas. Para seguir usándolas, tuvo que comprometerse a hacerlo solo en carros híbridos y a no dotar a estos de ningún sistema de recarga con corriente doméstica. Esto último hace que el auto se vea forzado a depender de un motor de gasolina.

Pero ¿qué motivo tendría la parte ganadora en el juicio para pedir tal cosa? Cáigase de espaldas: desde el año 2000, el dueño de la patente de las baterías NiMH, óptimas para el uso en vehículos eléctricos, es nada menos que la compañía petrolera Chevron.

O sea que desde hace años el poder para reducir nuestra dependencia del petróleo, o más importante aún, el poder para bajar en un 40% las emisiones de gases de efecto invernadero causantes del calentamiento global, está en manos de los mismos que nos venden el petróleo a precio de oro.

La patente de Chevron vence hasta en el 2013. El futuro suyo y mío, el de los simples mortales y el de todo el planeta, seguirá siendo incierto mientras las leyes de propiedad intelectual no dejen de cobijar los abusos de corporaciones sin alma.


Fuente: Proa. La Nación.

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Un comentario

  1. yoselin dijo el Marzo 26, 2009 | Permalink

    si kero k me digas como sera mi futuro

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Sobre Julia Ardón

Escribiendo y publicando desde Costa Rica
Correo: info@juliaardon.com