Dicen que debo hacer un poema que no se caiga… ¿y si me caigo yo, cómo no el poema? El poema es una bala dicen, debe fulminar la hiedra del lector. Pero… ¿quién es el lector? ¿Otro poeta? Al menos en Costa Rica así pasa, como “el poema que se cae”, seudónimo con el que había participado en el Premio Julián Marchena. Esto elucubraba recostado a la barra, esperando que José María se animara a decir algo.

- Ese es el cochino problema actual del poeta, del poema- me sostuviste.

- Poca gente entiende un poema moderno, a poca gente le interesa una inconcebible colección de palabras con tanta significación como sentido tiene la Guerra de Irak. A la gente le hace bulla un home theater, tal dicen ahora, jamás un vago e inmaterial poema, de los muchos que plagan libros hechos en las litografías que habitan los suburbios urbanos-, pensé en voz alta, en el barro de mi pesadumbre. Y concluiste con la certeza del águila:
- ¡Como si un libro tuviese una pantalla plana!

- Entonces vivo la resistencia de construir un poema, prefiero crearlo -te enervé-, el poema no es un producto comercial, sino la experiencia colectiva de una época espiritual que el poeta intenta comprender, una tentación del más que palabras. Un suspiro que no necesita un libro, pero lo halla de vez en cuando-, seguí mascullando sin querer gritarlo, aun las ganas que me inundaban.

- ¡Como si el televisor tuviese algo más que imágenes!- te dije en respuesta espontánea al reto previo.

- No es cuestión de un libro o un televisor, es cuestión de que hay más gente que quiere hablar, pocos los que escuchan.

- Y los que escuchan, con pereza mental, prefieren la chatarra comercial, ¿cierto?- le quise cerrar tal vez porque al menos ese día tenía ganas de no rendirme en una discusión con él.

- Quizás…

Ese día ciertamente José María podía rendirse. A pesar de mi leve tristeza –habían anunciado los resultados del Premio Julián Marchena y no obtuve ni una mención honorífica-, me reconfortaba complacer las ideas que venía alimentando en mi conciencia: al final qué más daba si publicas o no, más palabras sobre anaqueles sin visitantes.

José María había publicado al menos seis poemarios a sus treinta y tantos. Yo ninguno. Le pretendía no importarme, no considerar los libros materiales, sino más bien los espirituales de la colectividad.

- Cuando publique será el cúmulo de una vivencia personal dentro de un contexto social vivido. Será como “Alas en fuga” de Julián Marchena, con un solo libro bastará.

Siempre le reiteraba esta misma idea, pero él callaba, no sé si porque me percibía como un tonto idealista, o porque simplemente no podía rebatirla.

- “El asesino sabe más de amor que el poeta”, dijo Sabina, puede ser que tenga la razón para nuestros días, ¿no crees?- fue su última frase al respecto. Alguna relación le encontré con lo que conversábamos, pero no quise continuar, su apatía era evidente y mis deseos por animar el asunto tampoco eran muchos.

Esa noche nuestra tertulia era repetida, cansada, decididamente aburrida. Al despedirse, agachó su rostro y ofreció su mano en un gesto sin firmeza, como no era lo usual. Al rato llegó Gilberto con su infaltable sombrilla, me sonrió con lo ojos serios. Le oí:
- Venga, tengo que hablar con usted -sólido y contrastando con mi ánimo estable-. ¿No sabe lo sucedido con el Certamen Julián Marchena?- le expresé que no con la cabeza y puse semblante interesado, él continuó:
- Todo el mundo lo sabe…
- Pero yo no, aquí todo el mundo sabe lo que va a pasar en los concursos literarios menos yo.

- Uno de los jurados, un tal Chavarría del Ministerio de Cultura, es amigo o excompañero de la U de José María.

- ¿Y? – le repliqué ya impaciente, aunque era evidente saber hacia donde iba el asunto.

- El ganador del concurso fue un tipo que tiene un alto puesto en la Embajada de España, un desconocido. Al parecer José María influyó en ese jurado para que se lo dieran al mae ese de la embajada, a cambio recibió una beca completa para estudiar en una universidad de Madrid. ¿Y sabes quién era el favorito de los demás jurados desde el principio?

- Ni idea - no sospeché en ese instante su respuesta, aunque se me vino como un suspiro atravesado:
- Un poemario que tenía un seudónimo, cómo era, algo así como “El poema que se cae”… A propósito, ¿no has visto a José María?- Reposé mi respuesta en un sorbo grande de cerveza:
- Sí, acaba de irse a Madrid, a publicar otro libro.

En un rincón del bar se me guindó un poema, lo llevé hasta el sanitario, pero luego se me escapó por el inodoro. Esa es la maldición del poema que se cae, el poema que se queda en el colectivo espiritual sin hallar su hábitat en un libro corrupto, vociferaba para mis adentros, al regresar a la barra, donde Gilberto me tenía un portazo de remate:
- ¿Y vos cuándo vas a publicar?

- Cuando no se me caiga el poema- le puse a la par del último sorbo.

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Sobre Julia Ardón

Escribiendo y publicando desde Costa Rica
Correo: info@juliaardon.com