Los vecinos de la Carpio, expresaron sus sentires en tinta, color y papel.

Lejos de las páginas rojas, de las sirenas y los allanamientos; más allá de los controles migratorios y de los chistes xenófobos, perviven personas que ríen, aman y temen. Sobre todo, existe una comunidad cansada de que hablen por ella y de ella, cansada porque, cuando habla ella, nadie la escucha. Sin embargo, La Carpio tiene cosas qué decir.

Gracias a una iniciativa promovida por el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Costa Rica, 450 personas de La Carpio, entre los siete años y las más de siete décadas de edad, tomaron lapicero, lápices de color y grabadoras para contar su historia y la de su comunidad. Por un lado, se recogieron historias de vida escritas o grabadas entre los adultos y dibujos por parte de los niños y jóvenes. También, tanto dibujos como relatos, muestran visiones de vida particulares, con valores de honestidad y trabajo. “Soy una mujer humilde. Me crió mi tía y le doy gracias a Dios que me enseñó a trabajar, no me enseñó a robar, no me enseñó a agarrar nada ni a pelear con nadie. Me enseñó a ser una mujer humilde”, cuenta Juana Obando.

Por su lado, Mario Florián relata: “De aquí a las seis de la mañana van los buses repletos de trabajadores, a las seis de la tarde vienen repletos los buses llenos de trabajadores. Beneficios para todos, beneficios para el trabajador, para el Estado, para la empresa privada, entonces todos nos beneficiamos”.

Una constante en los trabajos es el sentimiento de frustración por el rechazo por parte del resto de la población. Sirve de ejemplo el llamado de Alba Luz: “Se me hace un torozón en la garganta de ver cómo personas humildes, cómo personas luchadoras, personas honestas, son maltratadas y ultrajadas por la sociedad; porque duele, duele ver que muchos quieren salir adelante y siempre son marginados”.

Tu historia cuenta… Nuestras vidas en Carpio fue el nombre del concurso y, según el coordinador del proyecto, Carlos Sandoval, la idea principal de la iniciativa fue que la comunidad tuviera la posibilidad de convertirse en autora de su propia historia.

Los relatos cuentan las luchas para la distribución de agua en los primeros días del caserío, los sudores para construir los primeros ranchos, la escuela… “Cuando la escuela se estaba formando, las maestras del kínder pidieron ayuda para construir una aula. Un señor llegaba temprano y les decía lo que tenían que hacer. ¿Saben quiénes eran los que construían?: las mujeres, eran las madres quienes construían”, cuenta Yolanda, una maestra de escuela del lugar.

Darío Chinchilla dariochinchilla@nacion.com Ancora de La Nación,
lado sur del río.


2 comentarios

  1. Homo surfus dijo el Septiembre 29, 2006 | Permalink

    También a los guanacastecos nos chotean cuando vamos a Chepe nos confunden con paisas por nuestro color y acento, en ese momento me apego aún más a mi acento y palabras autóctonas y verbos perspicaces, en cierta forma me siento nica regalado pero altivo. Me recuerda cuando veo la tv española y oigo a los de Canarias y andaluces afianzarse en sus dejes con orgullo.

  2. Homo surfus dijo el Septiembre 29, 2006 | Permalink

    sorry, se me corrió el post. Me lo podrías pasar? Sí, Julita?

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Sobre Julia Ardón

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