
No nos conocemos… ¿o si?
Somos tan semejantes…
Somos como las islas que asoman en un gran mar.
Parecemos separados y cada uno un paraíso.
Pero bajo el agua, formamos parte del mismo continente sumergido.
Las olas del mar llevan las vibraciones de nuestros pensamientos, de nuestras emociones,
de nuestros lamentos y de nuestras plegarias,
de isla en isla, de playa en playa.
Pero el mar es uno y continuo, como la sustancia de la mente.
Uno pide y otro da.
Pero quien da siente aún más agradecimiento,
por poder sentir la expresión de esa fuerza a su través,
la misma fuerza que el otro anhela y atrae en el vacío de su lamento.
Uno habla y otro escucha.
Quien escucha y acoge, abre su corazón y es apreciado.
Y es bendito así quien ofrece un puerto seguro al Amor.
Porque solo es Una la fuerza, y ese es su Nombre:
Para conocerlo necesitamos a veces perderlo,
y así la sed nos trae su valor preciado.
Para conocerlo necesitamos darlo sin reservas,
y así sentimos la fuente manar inagotable a través del corazón.
Porque no es de nadie, ni nadie es de nadie.
Solo lo recibe en libertad quien libremente lo da
y encuetra el verdadero regocijo en ello.
Gracias a Él, que se multiplica con el intercambio,
conocemos que somos Uno.
Nos buscamos y nos necesitamos para que a la vez, en cada isla,
florezca el mismo girasol,
Que torna así su flor hacia la única fuente de Vida y Luz.
Somos como la infinitud de facetas de la joya perfecta de la Vida.
Cada una refleja y refracta la misma Luz Única
que se reconoce a Si misma en la multiplicación de su riqueza.
Pero es la Luz Única la que da sentido a todo.
Es la que da y la que recibe,
la que habla y la que escucha,
Es la que pide y la que se entrega.
El mismo resplandor al mismo tiempo,
Y la exaltación de la polaridad y de ser dos.
Dos en Uno.
Abrazos luminosos
Chus



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